lunes, 16 de febrero de 2015


Pirulines

Tuve un sueño. Los datos de lo que ocurrió no son inciertos y los puedo apilar en un relato minucioso, pero entonces resultarían inverosímiles. En un paisaje que cumplía cabalmente con la estética desamparada de los sueños había una línea recta. Podríamos decir que no era tan recta, ya que se dibujaba sobre la superficie del mundo y entonces debería ser una línea cóncava, o un arco de circunferencia, pero desde mi punto de situación era una línea recta como un surco tallado en la arena. Parado en ese suelo resultaba agradable pensar que en la arena se cultiva el arte de perder el tiempo. Lejos de la línea se distinguían ciudades monocromáticas sobre el horizonte, eran como vibraciones. Podían ser solamente artimañas de la razón pero enseguida recordé que en los sueños no hay razones.
Entre la línea y las ciudades se reunían todos mis enemigos y me miraban ansiosos. Los niños seguían gritándose en sus juegos como todos los niños, ajenos al drama.
Allí, en ese páramo desnudo bajo el cielo negro y silencioso, conciente de la redondez y del movimiento de los astros, separado de todos mis enemigos por una simple línea, solo me faltaba encontrarme con la muerte y despertar.
Se levantó la brisa de la tarde; la apacible lentitud del tiempo me devolvió todo aquello que vieron mis ojos por primera vez, las luces y las sombras del deseo.
Apenas nacemos, sin ningún enemigo al acecho, se instala en nosotros un paisaje inexorable que vuelve a postularse en cada sueño; y en los sueños el tiempo permanece detenido hasta que ocurre algo.
Entonces cayó un rayo - mejor dicho nació de la tierra un rayo transparente que en el punto de nacimiento revolvió un poco la arena seca y ascendió al cielo a la velocidad de la luz - pero en cámara lenta, lo cual me permitió entender que no cayó sino que se alzó, como una señal fundamentalista, como una esperanza digna, como una antorcha olímpica. Entonces pensé que lo que un sueño gana en espectacularidad lo pierde en encanto.
Sentí el sacudón; la chispa me cerró los ojos pero enseguida logré alzar los párpados y había círculos verdes y rojos esparcidos alrededor  volando conmigo en formación. Mi cuerpo viajaba hacia las nubes colgado como una marioneta y un aire suave me revolvía las cejas.
Todos mis enemigos estaban del otro lado de la línea mirando hacia arriba; me veían desaparecer. Sus cabezas ascendían hacia mí como en una coreografía de danza conteporánea. Alcancé a distinguir la sorpresa y la angustia en sus miradas.
Inmediatamente una  conmoción hizo girar toda la masa de mis enemigos sobre si misma. Con otra percepción de la realidad que no llegué a interpretar, pude ver que  señalaban a alguien entre la muchedumbre. Entonces lo aferraban  firmemente, tomaban envión y lo arrojaban hacia el otro lado de la línea de arena, al mismo sitio que yo acababa de abandonar a lomo de mi rayo insignia.   Recién cuando instalaron a su nuevo enemigo dejaron de mirarme.

Algunos elegidos logran hallar una muerte de su agrado, morir a gusto, en las montañas, en los mares fantásticos, al pié de paisajes imponentes, solos, a la sombra de sus fantasías más lúdicas y después de poner en orden todos los asuntos de la vida.
Yo estaba celebrando por el aire la suerte de tener estas cuestiones vitales en mi mente cuando alguien pasó a mi lado pregonando en capicúa  y desperté tirado en la playa, convencido que es la historia la que interrumpe los destinos, que el vértigo impuesto es inmoral, que en el abismo lo importante es amarrarse a las raíces y que los poetas están todos locos.

Recostado contra el bochín y  rodeado de tejos, rojos y verdes, se escuchaba con ascendente claridad - Lloren chicos lloren - que repetía una voz amenazante de tenorino alcohólico, ofreciendo pirulines. 
jp

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