jueves, 18 de septiembre de 2014

M U J E R E S


Las veremos pasar

La incertidumbre es una cuestión de género; si hay quienes pueden derrotarla, son las mujeres. Esa igualdad funcional y ética entre el hombre y la mujer es una piadosa mentira, una consigna antigua e innecesaria. Los hombres debiéramos aceptar que nunca fuimos pares en cuestiones trascendentes.

Ellas no se incomodan ante lo inasible, ni tiemblan ante el temblor y ostentan un dominio perfecto sobre el universo. Ejercen la niñez eterna, economizan palabras aunque las derramen, tienen asegurado el sentido de la pérdida; y se ríen como niñas que guardan secretos en su fertilidad.
Saben las proporciones exactas de todas las recetas y construyen, con las certezas disponibles, el misterio que las protege; la esencia de la maternidad, la pertinencia de la historia.
Si alguna vez se hallaran desorientadas, dirán que no es su condición sino un simple estado de ánimo que les permite renegar de toda atadura. Ejercen con maestría el repliegue estratégico.
Son tan libres que se pierden - solo a veces por amor-  y enseguida se encuentran. Estar perdidas las coloca en un sitio maravilloso  desde el cual pueden abordar diferentes futuros y la curiosidad es en ellas más fuerte que el riesgo.

Sus hijos son seres inmortales y tienen como tales, el poder del sol, los consideran soles y hasta suelen llamarlos así - “mi sol”-  y no permitirán discusiones sobre la extensión de sus rayos ni sobre el tiempo de sus ciclos.
El mundo de los hijos es preciso, minucioso, perfecto; tal como ellas lo han establecido para siempre, desde la disciplina del útero hasta la rebeldía liberadora de la madurez.
Su mundo es un abrazo interminable, en la panza ciega o a la luz del día, en el vientre propio o ajeno, adentro o afuera, en la cuna o en la puerta de calle, en el acto de amor o en el acto en la plaza.
Si no pueden tener hijos son capaces de adoptar a la misma humanidad. Viajan por encima de pertenencias genéticas y de las gambetas del sexo o de la identidad.  Ellas solas inventaron la identidad.

El resto de éste territorio universal es la duda, un lugar en convulsión permanente que los hombres casi nunca  logramos ordenar.
Su amor por el hombre es otro amor; funciona en un paradigma aleatorio, en la dimensión lúdica de un prójimo cercano pero siempre un paso atrás del amor supremo por los hijos y los nietos del hombre.
El tiempo real casi nunca les resulta placentero, pero la mujer se convierte en su custodio inamovible; sabe que es la dueña de ese espacio y como no considera seriamente la posibilidad de ninguna derrota, siempre instala raíces más fuertes que el viento.

Ellas impregnan, diseñan, amparan lo social y fundan una imaginería plural, un sueño colectivo del porvenir; respiran por él y lo alimentan de todo alimento. No hacen otra cosa que construir los mundos que vendrán.
Recen o no, jamás  dejarán de mirarnos el ombligo, ese artefacto  grabado para siempre en cualquier cara de la Luna – el primer contacto, el punto inicial de  todos los caminos.
Tal vez puedan temerle al acto de morir pero nunca temerán la muerte, porque es algo ajeno a toda incertidumbre.  No existe un ser más absoluto y poderoso.

Si por alguna circunstancia, en cualquier tiempo y lugar, sus razones fueran amenazadas por el acero frío o por el filo de la violencia; si algo conspirase y rompiese el hechizo con alguna injusticia, verán resueltos los dilemas morales y empuñarán tal valentía que habrá que escribir los libros nuevamente.
Con otro tipo de violencia, inigualable y superadora demolerán muros y puertas, tumbas y prisiones, expedientes y mentiras; arrollarán cualquier impedimento, barrerán de las calles todos los obstáculos y cambiarán el paisaje sin perder nunca sus tiernas y brutales maneras.
Sin pensarlo irán siempre a la vanguardia de la humanidad y harán la historia cuantas veces sea necesario.
Si te toman de la mano déjate llevar o las verás pasar sin ti, llevándose puestas todas las teorías;  poseen esa gracia, ese don de instalar como sea, una revolucionaria certidumbre - para nosotros, para nuestros hijos y para los hijos de sus hijos.
Amén.


Pero advierto, desde mi larga vida y con una resignación majestuosa, que además son sagaces e intuyen la trampa como un lobo. No se dejan seducir, porque seducen; no hay forma de desanudarles el alma con palabras. En la lírica mas generosa del océano poético, en las rimas más puras, aún en las metáforas menos sospechosas, huelen siempre el ardid. Si alguien les obsequia halagos desmedidos, sospecharán del mago y del encanto. Antepondrán un muro en torno al cazador, piedra sobre piedra, como una muralla, entre el monte y la playa donde encallan los navíos del hombre. Saben de memoria lo que San Epifanio le contó a García Madero en una noche mejicana de borrachera, pero no les importa. Harán una montaña de poetas y observarán tu rendición desde la cima. Juntarán maricones y maricas, locas y mariposas, un “faire bon ménage mais avant de la poésie” para quebrar tus sueños de conquista. Verás rodar cadáveres famosos que detendrán sus ojos a tus pies, desde Verlaine a Blake, las pupìlas vivaces de Huidobro y Pellicer, las miradas mariconas de Dario y Maiacovski, la luz tierna y ladina de Neruda y Benedetti, la cerradura de Pavese y allí hallarás a Góngora, Cuasimodo, Quevedo y Pasolini pidiéndoles perdón con lágrimas generosas. 
Demolerán tu argucia, callarán tus palabras; solo se dejan seducir por cuestiones que desconocemos y por razones que ocultan entre “lo secreto”, cuando se ríen como niñas.


jp

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