domingo, 7 de septiembre de 2014

La Saladita del Alma

 

Fabricar santos
La mayoría que decide fabricar santos, tal vez solo quiere ganarse el cielo. No importa con qué estética los saquemos vestidos a la calle. Unos no la tienen, otros ni se la imaginan. Algunos fabricantes lucen con cinismo tanta elasticidad moral que se permiten establecer distancias éticas y  después proceden a salvarlas con un consumo irónico. En esto, nuestros santos se parecen a la cumbia y a los suecos de corcho.  
Lo que a mi me preocupa es la facilidad con que nos abocamos a desplegar tal fantástica energía, casi una energía brutal, para fabricar santos en serie, como lavarropas. 
Algunos de los últimos modelos argentinos salidos de nuestra inhóspita línea de producción construyen un recorrido turístico por nuestra peor inconsistencia.

Ahora se me ocurren tres, de ésta última horneada:

-Un religioso que siguiendo el camino del Señor llegó a lo más alto de su profesión.

-Un futbolista que corrió para atrás y les ganó la pelota a un alemán y a un holandés.

-Una estrella pop a quien la muerte le jugó una  gambeta perversa durante cuatro años.

Pero hay más, vivos y muertos: Una artista de bailanta muerta en colectivo, un modisto de estrellas, un locutor gay suicida, dos, tres, cinco músicos y cantantes, tres, cuatro jugadores, la hija de una esposa de un productor famoso, un chocolatero iracundo y tantos otros. En su gran mayoría buena gente sin duda, pero esto no  califica para  sus santeros.
Reconozco que me altera un poco el hecho de que los santos que fabricamos carezcan del Certificado de Garantía y luzcan  fallas groseras de  fabricación.
Para fabricar santos, montarlos, y largarlos a la calle existe una actividad marginal, individual, patológica; y nos salen así, únicos y subjetivos como una artesanía. Mas que una fábrica, lo que tenemos es una verdadera Saladita del Alma.

Los santos se construyen en los galpones clandestinos de nuestra desesperación, en el cuartito del fondo de las orfandades o en el garage donde habitan una computadora y nuestro instinto de supervivencia.
El secreto de su popularidad es que andamos muy escasos de  Santos auténticos y geniales, de esos que hacen milagros de verdad o te revuelven las entrañas o conducen a sus pueblos por los caminos mas difíciles.
Esos Santos son complicados, a veces molestos y contestatarios; te llenan el coco de cosas importantes, son capaces de contagiarte hasta el sacrificio  y tienen una cantidad deprimente de “no me gusta” para repartir a los cuatro vientos, motivos mas que suficiente para que la hagamos fácil.

Los tres modelos recientes ya citados, parece que no funcionan:

-El que encabeza la Institución dos veces milenaria mas grande del Universo, a pesar de su denominación de origen, aún no logró terminar con la pobreza en ninguna parte del mundo.
-El jugador no hace goles, tal vez porque está dedicado a evitar que otros los hagan,  y desplazó por un instante a otro santo que hace goles. Su función es salir campeones pero no les suele funcionar. 
(Me salió casi “no les funciona la función”, un pleonasmo genial - queda)
-La estrella pop es una estrella pop (anáfora imprescindible), bailable, poderosa en la discoteca y en el estadio; ligera de una ligereza tan contundente …(un filósofo Nac&Pop lo calificaría como boleadora de merengue)…que es ideal para acortar viajes y levantarse a alguien. No funciona mejor que el amor, simplemente ayudó a muchos adolescentes a pasarla bien, o mejor, depende.

Nuestros santos cotidianos se popularizan como la gripe, por el aire; y te los sacan de las manos. Después viene el merchandising santísimo que no perdona ni al Ché Guevara. Nadie se merece nuestra mejor hipocresía, ni siquiera  Gardel.
Asqueados del culto al individuo y de brindar las últimas gotas de nuestro sudor patrio, nos preguntamos “seriamente” quién nació primero: ¿el huevo, la gallina o Federico Moura?. Esta distracción es una resultante bastante hipócrita; demasiado común en quienes salvan la estética con el consumo, porque todos sabemos, sin ninguna duda, que el primero en nacer fue el manager.
El Diseñador, el Asesor, el Publicista, el Representante, el Sello Editor, el Mercader de Venecia, el Ministerio de Comunicación del Vaticano, la FIFA, la Corpo Mediática, la Agencia de Publicidad, la Odeón, La Crítica y las Chicas Rubias de New York, todos vienen, antes o después del talento, a pasarnos la gorra. 

Cuando somos vulnerables y  no nos conformamos con disfrutar del mérito ajeno, lo  queremos afanar, rotular, guardarlo en una cajita con la foto de la vieja para no tener que pegarnos una patada en el culo de nuestra propia intrascendencia.  Pero tenemos tan poco que,  reconocernos en este desecho del sentido común, nos dejaría sin nada. 
Entonces ya no serían nuestros santos esas divinidades hechas a mano con todo nuestro amor y se convertirían en una saga generacional, en una remake desprolija de todos los  santos de otros; es nuestro destino de embalsamadores.
Creo que sería mejor disfrutarlos que padecerlos para recuperar la autoestima.
Nos negamos a reconocernos mediocres (Tal como solemos ser) y nos enchufamos a una  zapatilla con transformador  para vivir felices con “esta carita de felices”, en un viaje solitario de ida junto a todos nuestros muertos (o vivos) pero santos.

Hay una Ley de Gravedad, un Princiupio de Acción y Reacción, una Ley del Equilibrio y una Teoría Absoluta de las Compensaciones que, si fueran aplicables a  esta sociedad, pondrían todo en su lugar de una manera salvaje; porque con la exagerada santificación estamos promoviendo una equitativa demonización.  
Todo Santo tiene su Impío, la pureza su impureza; frente a los Salvados están los Condenados, Oprimidos y Opresores, el Bien y el Mal, Borges y Cortazar, el me gusta todo y el no me gusta nada.
Con nuestra estúpida fe en la obsecuencia pública, estamos expandiendo el equilibrio al límite, como si aceleráramos los electrones hasta hacerlos tropezar  y entonces - me verás volar entre la mierda-  sonaría delicioso.  

Debiéramos aprender a disfrutar en vida a los individuos meritorios sin esperar agazapados en  la caverna el momento glorioso de someterlos con nuestro acto de tanatología berreta. 


jp

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